Domingo, Mayo 20, 2012
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La lentitud nos humaniza

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Aglomeraciones de personas atropellándose para comprar cualquier cosa, niños cansados llorando o extraviados en una tienda por departamentos, parejas discutiendo por cualquier diferencia, mucho ruido, tráfico, velocidad, presión… ¿A esto llamamos Navidad

“Lentitud es belleza”, escribió la poeta Blanca Varela. ¡Cuánta verdad en ese verso! Desde siempre he sentido el exceso de velocidad que imprimimos a todo lo que hacemos, como uno de los grandes males de esto que llamamos progreso y vida moderna. Siempre vamos de carreras, sin darnos tiempo para vivir cada experiencia al ritmo natural y propio que ésta nos pide o sin darnos permiso de simplemente no hacer nada. La velocidad se ha sobrevalorado mientras la lentitud se estigmatiza. En nuestra sociedades exitistas se cree que andar más rápido y haciendo cosas sin parar nos vuelve más productivos, nos mantiene en el carril del logro y la ganancia, en cambio la lentitud es vinculada con fracaso, atributo de bobos, flojos y perdedores. Casi nadie se detiene a preguntar ¿hacia dónde corro con tanta prisa? ¿para qué? ¿para llegar a dónde, exactamente?…

 

Daddy's Little Girl Carl Honoré es un periodista afincado en Londres, pionero del movimiento de la vida lenta y autor de El elogio a la lentitud y Bajo Presión. En una conferencia dictada recientemente sobre los beneficios de la vida lenta, comenzó por hacer la pregunta siguiente: ¿Podemos aprender a frenar nuestras ajetreadas vidas y dedicar más tiempo a lo humano? En su discurso, Honoré hace muchas reflexiones sustantivas y preclaras sobre la calidad de vida, la salud y el bienestar de la humanidad. Además de explicar los perjuicios de vivir desenfrenadamente, Carl Honoré habla de los beneficios de la vida lenta,  la comida lenta, el sexo lento, la crianza de los hijos y el trabajo realizados con calma… Honoré nos cuenta cómo es que se nos dificulta desacelerar el ritmo de vida porque la velocidad nos hace segregar adrenalina y por lo tanto se torna adictiva, y dice que la velocidad se convierte en una forma de aislarnos de las preguntas más grandes y profundas: “Nos llenamos de distracciones, nos ocupamos. Así no tenemos que preguntarnos, ¿estoy bien?, ¿estoy feliz?, ¿mis hijos están creciendo bien?…”

Esto último quedó resonando en mi conciencia  y provocándome más preguntas: ¿nos hemos detenido a pensar que el tiempo de los niños es lento y acompasado con los ritmos naturales de la vida, en relación a los adultos contaminados por la aceleración y a prisa?, ¿estamos conscientes de cómo nuestras carreras diarias suponen un conflicto con el  ritmo natural de la crianza?, ¿nos damos cuenta de cómo este conflicto entre nuestra velocidad y el tiempo natural de los niños puede acarrear maltrato, abandono, desamparo, falta de conexión y compromiso emocional o saturación de exigencias y demandas poco realistas e irrespetuosas con las necesidades legítimas de nuestros hijos?, ¿por qué no somos capaces de detener las carreras, bajar la velocidad y tomarnos el tiempo para conectar y acompasarnos al ritmo de nuestros peques?, ¿en qué momento permitimos que la necesidad de vivir a toda prisa se hiciera más fuerte que el amor que sentimos por ellos?

Ciertamente hay un regalo que no conseguiremos en ninguna tienda del mundo, pero que nuestros hijos e hijas agradecerán más que cualquier objeto: la disposición y el compromiso emocional, la mirada, la conexión y todo esto prodigado con mucho tiempo de calidad y cantidad de tiempo de sus padres y madres. El tiempo de calidad significa no sólo estar cerca físicamente de nuestros hijos, si no también conectados con ellos, con la escucha activa, la paciencia, el respeto y la empatía que necesitan de nosotros. Pero el tiempo de calidad sin cantidad de tiempo, no será suficiente. Ninguna tarea importante puede realizarse bien, si además de calidad de tiempo no le dedicamos, también, cantidad de tiempo. Un proyecto de trabajo, de estudios, una relación de pareja… requieren que dediquemos mucho de nuestro tiempo. La crianza de nuestros hijos, no es la excepción.

Hazte ese regalo tú también, papá, mamá. Porque nuestros hijos e hijas están aquí para disfrutar de nosotros y para que nosotros también disfrutemos de ellos. El tiempo pasa, y pronto se harán mayores. Aprovéchalos ahora que aún son pequeños y están en casa.

Via Sanadoras.com

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